Como una escultura, una auténtica escultura mítica e irreal de dos dioses enfrentados. Las fuerzas, las pasiones y, como no, el enemigo vencido. Porque no se trata de un gladiador, ni de un caballero sin montura ni siquiera de un torero de hoy. Julio Aparicio descubrió su muerte cuando se volvió a mirar a la bestia, no advirtió los puñales en forma de pitón y encono el gesto dejando abierto su manantial de vida. Y un pitón, primero astifino y luego romo a punto estuvo de abrir una grieta, para que el torero vomitara su último aliento.
No cabe duda de que en los últimos tiempos se están dibujando sombras de muerte en la Fiesta, quizá porque toca, quizá porque es la hora, por el peso de tanta mentira, negocio y cobardía en forma de celebración o ritual de plastilina. Cuando a la Fiesta le faltan fuerzas, cuando algunos debaten sobre su posible desaparición o abolición, cuando se utiliza como enseña política para acercarse a cualquiera de los polos que agrupan al poder , entonces y sólo entonces comienzan a descontarse los segundos que le faltan a la muerte, para llegar traicionera a cualquier punto del mundo, a cualquier catedral del arte, donde se dibuja, como decía Aute, arte en cada uno de sus compases y en vida, carente de estatismo, aunque en nuestra mente cada uno de los compases se muestre quieto, congelado y en nosotros mismos se genere el color con que plasmarlo, para temerle a la vida, para temer a la muerte. Aparicio genera vida y arte, y muerte y arte y se muestra vencido al enemigo que le provee de movimiento para crear arte, y ante tal estampa se atraganta de arte, casi se ahoga de arte.
Una escultura en vida de la que pudo ser una escultura en muerte, y que quedara en nuestras retinas esponjada en lienzo o con dimensión tañida en bronce.
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